Ciencia y Religión: ¿Enemigos o Aliados?

Ciencia y Religión: ¿Enemigos o Aliados?

Quien quiera comprender esta pregunta necesita reconciliar ciencia y religión para no aferrarse a dogmas, tener autonomía interna y utilizar la comprensión racional para la búsqueda de algún tipo de discernimiento en el campo religioso.

Texto: Colaboradores Logon, País: Brasil, Imagen: Pixabay CCO

La relación entre ciencia y religión ya no es amistosa. En la Edad Media, el dominio de la religión sobre la ciencia trajo oscurantismo y regresión. Sin embargo, el florecimiento científico ha sacudido los cimientos de las religiones, derribando creencias y dogmas.

La ciencia ha destruido, poco a poco, figuras y dioses mitológicos, a menudo creados con el propósito de llenar los vacíos dejados por la ignorancia humana ante los fenómenos de la naturaleza.

Nuestras facultades mentales se han desarrollado sustancialmente desde el tiempo de nuestros antepasados primitivos. Mientras que, en el pasado, los cambios climáticos eran explicados de manera razonable a través de los mitos, hoy en día están ubicados en los conceptos de conocimiento general, como átomos y campos de vibración. Este desarrollo del estado mental del hombre ya no puede aceptar dogmas e imposiciones religiosos, y rechaza muchas veces de antemano cualquier conocimiento religioso, desarrollando una tendencia al escepticismo.

Sin embargo, aunque observamos un conflicto entre el pensamiento científico y el religioso, podemos ver que ambos tienen motivaciones similares. La ciencia busca desvelar el papel del ser humano en el universo, mientras que la religión busca respuestas que contemplen el sentido de la existencia humana. Por un lado, la religión anhela la trascendencia, pero está arraigada en dogmas que limitan al ser humano en su comprensión del mundo. Por otro lado, la ciencia emplea el pensamiento racional sin dogmas, pero tiende al escepticismo y en nuestro tiempo ha desarrollado una corriente dominante que elimina los enfoques alternativos.

Hablando de religión

Cuando hablamos de religión podemos investigar inicialmente su etimología. Uno de los significados de la palabra religión proviene del latín, religio, como un conjunto de creencias en algo superior, o adoración y reverencia por lo sagrado. Este significado contempla su carácter dogmático.

Sin embargo, hay un significado más profundo de la palabra religión, que también se origina en latín, religare, cuya traducción más cercana sería la reconexión, unir firmemente, unir al ser humano con su esencia más profunda, con lo divino.

En este sentido, la idea de reconexión supone que el hombre está separado de algo y que existe la posibilidad de reunificación. Podemos decir que las religiones e incluso muchos movimientos filosóficos incitan al ser humano a realizar esta reconexión con lo divino. Esta búsqueda de lo divino generó una sabiduría universal que pretendía responder las preguntas más profundas sobre nuestro origen humano, generando reflexiones sobre los conflictos existenciales y especialmente sobre el propósito de la vida.

En esta búsqueda de lo esencial, de lo divino, de la trascendencia, podemos concluir que muchas religiones, en esencia, han traído a la humanidad el mismo mensaje. Cada religión se expresa de una manera particular, de acuerdo con el lenguaje propio de su tiempo, con el estado de consciencia de la humanidad y con el entorno histórico y geográfico, como un cristal que difunde diferentes facetas de una sola esencia.

Sucede que, después alcanzar la cumbre, muchos de estos movimientos religiosos perdieron su carácter original, a veces por la lucha por el poder, el desacuerdo de las interpretaciones o la desviación de su auténtico objetivo. Persiste una producción cultural e intelectual perpetuada a través de doctrinas que ya no tienen la fuerza de su esencia. Como vasos sin contenido, todo lo que queda son dogmas y fe ciega.

Hablando de ciencia

La ciencia, por otro lado, rompe todos estos dogmas al colocar al hombre ante los hechos empíricos que la comprensión humana puede entender y analizar. De esta manera, la ciencia representa la libertad de un ser humano al no tener que creer en lo que no ha sido comprobado, ni tener que someterse a una autoridad externa, ya sea un maestro, un sacerdote o una institución.Sin embargo, en el curso de su desarrollo la ciencia también ha adquirido características dogmáticas. La comunidad científica ha creado una estructura de poder que tiende a mantener sus paradigmas y, especialmente, reclama el derecho exclusivo de explicar la naturaleza de la realidad. Nos llevan a creer que solo existen aquellas cosas que pueden ser experimentadas por nuestros cinco sentidos (extendidos por la tecnología). Este tipo de escepticismo cierra los ojos al hecho de que en el pasado y en presente existen numerosos testimonios confiables de la existencia de capas más sutiles de la realidad.En nuestro tiempo, las personas tienden a creer lo que dicen los científicos, ya que casi nadie tiene la posibilidad de verificar sus resultados. Sin embargo, al mismo tiempo, podemos observar la rapidez con la que están cambiando las teorías y paradigmas de la ciencia. El filósofo Karl Popper señala que las teorías de la ciencia nunca se prueban, pero pueden ser adulteradas por nuevos experimentos.La ciencia no abarca el conocimiento de la vida práctica e interior de un ser humano, que siempre ha sido el dominio de la filosofía y la religión. Por lo tanto, el pensamiento científico por sí solo es incompleto, no se presta a responder las preguntas existenciales del hombre.

Ambas formas de examinar son necesarias

Por lo tanto, cualquier persona que quiera comprender tales preguntas necesita reconciliar la ciencia y la religión para no aferrarse a los dogmas, tener autonomía interna y utilizar la comprensión racional para buscar algún tipo de realización en el ámbito religioso.Incluso podríamos decir que la ciencia es un aliado de la religión, en la medida en la que indica la existencia de una inteligencia superior como una gran fuerza que diseña el Todo, mostrando la grandeza, la perfección y la organización del cosmos y de la naturaleza. Einstein dijo que “sin Dios, el universo no es explicable satisfactoriamente” y también “la religión del futuro será cósmica y trascenderá a un Dios personal, evitando dogmas y teología”.Dicho esto, podemos ver que es posible reconciliar el pensamiento religioso y científico en la búsqueda de la verdad. Hay una frase muy conocida atribuida a Helena Blavatsky, y más tarde unida al lema de la Teosofía, que exclama: “No hay religión superior a la verdad”. El filósofo ruso Nikolai Berdiaiev también hizo la misma declaración, diciendo: “No hay nada superior a la búsqueda de la verdad y al amor por ella. La única verdad que abarca todo es Dios, y el conocimiento de la verdad es una penetración en la vida divina”.

La búsqueda de la verdad parece estar arraigada en el hombre. Probablemente todas las culturas han asumido que hay un “elemento de verdad” oculto dentro del ser humano. Fue llamado “semilla de mostaza” por los cristianos originales, “flor de loto” por los budistas, Tao por los taoístas o Atman por los hindúes. A la consciencia del hombre racional de hoy, la Escuela Espiritual de la Rosacruz habla del “átomo-chispa del espíritu”.

Debido a su origen divino, este átomo es la verdad en sí misma. Es lo absoluto, lo inmutable y la realidad verdadera. Al reconectarnos con este principio divino que yace en nuestro corazón, podemos encontrar una verdad absoluta e imperecedera dentro de nosotros mismos, como una posesión viva y no como una competencia intelectual. Y al beber de esta sabiduría, el hombre puede realizar una transformación interior, la verdadera religión interior. Esta reconexión permite que el hombre, en autonomía y liberado de las imposiciones externas, sea testigo de la conexión directa y de primera mano con la consciencia divina.Para vivir plenamente en esta nueva realidad, el hombre se convierte en un buscador de la verdad y asume la gran tarea de transformar su consciencia biológica egocéntrica en una nueva consciencia que proviene de la sabiduría divina. Para esto, debe abandonar su imperfección y separación en auto-rendición a la verdad en sí mismo. Este proceso puede ser muy doloroso ya que el apego y el instinto de auto-conservación son las características estructurales del hombre natural.El buscador de la verdad debe someter el pensamiento científico a su intuición interior proveniente de su nueva consciencia, y al mismo tiempo cuestionar todo pensamiento religioso para determinar si proviene de la verdad divina y verificar si está en conformidad con la ciencia divina de todas las cosas.

Fuente: https://www.logon.media/es

Herencia, transmisión, vida

Herencia, transmisión, vida

A la vez, somos espiritualmente herederos y donantes. Esto nos coloca en el corazón de la vida impersonal y fraternal.

Texto: Louis MERLET, País: Francia, Imagen: Pixabay CC0

Los elevados valores que inspiran nuestro trabajo interior en el camino son mucho más que ideas filosóficas o esotéricas. Son concretas y transmisibles, porque emanan de corazones y cabezas que han actuado en el curso de los tiempos. Podemos estar agradecidos a todas las almas inspiradas que han trabajado incansablemente para conducir a la consciencia humana a despertarse. Generaciones de pioneros espirituales han trazado generosamente los caminos que emprendemos hoy. Ellos han abierto los corazones y los espíritus a la universalidad de la Gnosis. ¿Cómo asumir ese tesoro, esa herencia magnífica?

No tenemos ningún criterio, y mucho menos, para medir nuestra propia influencia en este mundo.

Pero podemos ser conscientes de lo que hemos recibido; y ser capaces de transmitir, a nuestra vez, este tesoro inmaterial.

Cuando algún autor abandona su envoltura terrestre, nos deja como herencia una parte de sus cualidades, de su ideal o la esencia de su unión con el Espíritu, al nivel al que ha llegado. Sí, el alma-sangre que se libera se transmite exactamente como una herencia, alrededor de la persona desaparecida, para beneficio de quienes viven todavía en la materia y que tienen necesidad de ello.

Esto toma la forma de una afluencia de fuerza o de palabras de verdad. Todavía no somos conscientes de ello, y tardamos en apropiarnos esta materia sutil o en hacerla fructificar. Es, sin embargo, nuestro patrimonio espiritual. ¡Y si ello es una realidad a escala individual, imaginemos como debe serlo a escala colectiva!

¿O cuál es el lugar de tal transmisión?

Por tanto, ¿dónde se celebra la ceremonia secreta en la que somos ennoblecidos con los más altos valores que la fraternidad de la luz ha cosechado y guardado celosamente para nosotros? ¿Dónde pues, si no es en el corazón del templo? ¿Dónde pues, si no es en el silencio de las almas reunidas?

Pues esta fuerza es para TODOS y no está reservado para algunos.

Por consiguiente, nosotros debemos a nuestra vez transmitirla y ofrecerla a todos. Es una vocación que no nos pertenece aceptar o rechazar. Es nuestro tributo por el que hemos recibido un tesoro de luz. Vivir en espíritu, es aceptar que tenemos como tarea, y como responsabilidad, transmitirlo a nuestra vez.

Pensemos en las sociedades tradicionales en las que el anciano (a veces, el círculo de los ancianos), detenta el saber y la magia. Él es el guardián, hasta el momento en el que un ser de una nueva generación es capaz de asumir la herencia y transmitirla con inteligencia. En África, se dice que un anciano que muere es una biblioteca que desaparece. Pero nosotros somos los transmisores de las fuerzas puras que envía la Fraternidad sobre el mundo, para las almas que nos han confiado. Nosotros debemos conducirlas hasta la evidencia de la transmutación para que así nada desaparezca.

Por la consciencia de la herencia recibida, gracias a la fuerza transmitida por la Fraternidad en todos los tiempos y en todos los lugares, cumplimos nuestra tarea con nuestros hermanos en espíritu. Y también es la joya que recibimos a cambio. Pues «Dad y os será dado…» es una ley indiscutible, pero también la expresión de un ciclo: un don engendra otro, en una espiral nutricia de alegría. A la vez, somos espiritualmente herederos y donantes. Esto nos coloca en el corazón de la vida impersonal y fraternal.

 Fuente: https://www.logon.media/es

La Isla de Pascua, centro de misterios del Pacífico Sur

La Isla de Pascua, centro de misterios del Pacífico Sur

El Canto de Waitaha

Text: Peter Huijs, País: Australia, Image: Pixabay CC0

La sabiduría de Waitaha

No hay isla en el mundo más solitaria que la Isla de Pascua. Aparte de una isla deshabitada a unos 400 kilómetros de distancia, la isla más cercana está a 2.000 kilómetros más al oeste; América del Sur, el continente más cercano, está a 3.700 kilómetros. La mayoría de las islas del gran archipiélago al que pertenece la Isla de Pascua, la Polinesia, situado entre Australia y el continente sudamericano, se encuentra a 4000 kilómetros. En 7.000 kilómetros de Nueva Zelanda, sólo hay océano. Las dimensiones de la Isla de Pascua son de unos 24 kilómetros de largo por una anchura máxima de 10 kilómetros. Se puede hablar con razón de una mota de polvo triangular en medio del océano. Su descubrimiento, en 1722, por el navegante holandés Jacob Roggeveen, permitió darla conocer a Europa. La ocupación de un lugar tan perdido, lejos de todo, no se debió al azar, sino que, por el contrario, fue deseada y guiada por una intención superior y esto se nos cuenta en el Canto de Waitaha. Las tradiciones de los habitantes originales de Nueva Zelanda se mantuvieron en secreto durante siglos, pero hace algunos años se hicieron públicas.

Según estas tradiciones, diversos pueblos, o más bien diversas razas, han sido conducidos a este lugar de la Tierra de manera coordinada por un poder superior. La isla se convirtió en un centro –un foco de misterios, se precisa– para todos los territorios del océano Pacífico. Se dice que Hotu Matua, la heroína maorí de la Polinesia, y Kiwa, el navegante del Uru Kehu venido del Este –así pues, de Sudamérica– recorrieron los 8.000 kilómetros que les separaban para encontrarse en este lugar solitario. En esto hay que ver mucho más que el destino de dos personas, al igual que, más tarde, en la acción de  su nieto Maui que, empujado no por la sed de descubrimientos sino por una misión interior, partió en busca de Nueva Zelanda. Y luego hubo un tercer pueblo que llegó a la Isla de Pascua: los «hombres de la piedra», descritos como pertenecientes a otra raza, la tercera. Parecería, pues, que algunos hombres, en sus grandes peregrinaciones mucho más allá de los límites de las regiones habitadas, fueron llevados intencionalmente a la Isla de Pascua. Durante más de mil años, esta isla muy espiritualmente «cargada», situada en pleno océano Pacífico, sirvió de punto de partida y de centro de los misterios. 

Reconstituir la cronología

La historia de más de setenta generaciones narrada en el Canto de Waitaha, así como la mención de una enorme erupción volcánica que tuvo lugar en Tamatea, la Isla del Norte de Nueva Zelanda, hace 1700 años, nos permite establecer una nueva cronología. Viniendo de la Isla de Pascua, hacia el comienzo de nuestra era cristiana, Maui, el nieto de Matua y Kiwa, desembarcó en Nueva Zelanda. Durante los siglos III y IV, Nueva Zelanda se abrió hacia el exterior exportando, entre otras cosas, patatas y el punamu, una piedra verde considerada sagrada, una especie de jade. Estas piedras verdes, recogidas por su poder curativo, fueron esparcidas por todo el archipiélago polinesio durante 37 generaciones, es decir, hasta los siglos XII o XIII de nuestra era.

Las invasiones belicosas de los maoríes polinesios en la Isla de Pascua y en Nueva Zelanda mataron a los «pueblos antiguos»; lo hicieron sin haber tenido la oportunidad de «dar un rodeo», es decir, sin haber podido asimilar los conocimientos propios de los indígenas de la isla. La historia de la Isla de Pascua también podría reconstruirse según las concepciones que de ella dan las tradiciones ancestrales. El Canto de Waitaha nos dice que las primeras colonizaciones de la isla tuvieron lugar simultáneamente. Hotu Maua y su pueblo venían de Polinesia; Kiwa llegó aproximadamente al comienzo de nuestra era; poco después llegó el tercer pueblo, probablemente de Asia.
En el siglo XIV, los polinesios llevaron la brutalidad, las luchas y los conflictos a Nueva Zelanda y a la isla. No tuvieron consideración alguna con la cultura indígena. Finalmente, en el siglo XVII, la antigua cultura de la Isla de Pascua cayó. Las piezas encontradas en la Isla de Pascua testimonian que no fue simplemente una tribu local que desarrolló una cultura, sino que hubo una civilización altamente desarrollada. Las gigantescas estatuas erectas no se encuentran en ningún otro lugar. Es difícil concebir cómo hombres sin herramientas de hierro lograron tallar, transportar y erigir esas estatuas de hasta 12 metros de altura y un peso de hasta 90 toneladas. ¡En una cantera yace un monumento incompleto de veintiún metros!

También se ha descubierto un sistema de signos propio de esta cultura y que forma parte de las pocas escrituras que aún no se han podido descifrar, al igual que la de Mohenjo-Daro, la civilización del valle del Indo con la que tiene similitudes. 

El esplendor del arco iris

Estas estatuas de piedra tienen un parecido sorprendente con las que se encuentran en Mongolia, también construidas de forma aislada en el paisaje y desprovistas de piernas. En el Canto de Waitaha hay algunas vagas indicaciones del origen asiático de los «hombres de la piedra» (Lu Takapo) que, bajo la dirección de Rongueroa, llegaron a la Isla de Pascua y son probablemente los creadores de las estatuas de piedra de la Isla. Ellos venían de las «montañas más altas, el techo del mundo». Estas «altas montañas» nos remiten a los Andes, ya que Kiwa era originaria de ellos. Por otra parte, el canto insiste, en repetidas ocasiones, en que la procedencia de los tres pueblos correspondía a tres orígenes y corrientes totalmente diferentes.

En la memoria colectiva de la civilización de la Isla de Pascua se habla de múltiples catástrofes en las que el fuego desempeñó un papel. Éstas pudieron ser causadas por erupciones volcánicas o porque el fuego «llovía del cielo». También se menciona una gran inundación, una ola enorme venida del mar. En efecto, los arqueólogos han encontrado huellas de ello. Sin embargo, la narración dice: «El esplendor del arco iris encierra la certeza de que la gran inundación no volverá jamás y que la tierra no será sumergida por las grandes aguas. Los colores de todos los pueblos de todos los países se ven en el arco iris; el sueño se cumple: la promesa de la paz; y como el fuego todavía tiene que venir para purificar y curar, no se dice nada sobre el gran fuego».

Este pasaje del texto da testimonio del recuerdo de grandes inmersiones y calamidades que dieron lugar a la caída de civilizaciones todavía desconocidas, mucho antes de estas narraciones de los ancianos y de sus propios antepasados. ¿Acaso el «centro de los misterios» de la Isla de Pascua se remonta a los tiempos más remotos? ¿A los tiempos de los orígenes? ¿Se habrían fijado en este lugar los conocimientos originarios del género humano, quizás pasando por el «centro de los misterios» del desierto del Gobi en Mongolia interior? ¿La información sobre las grandes inundaciones y la aparición del arco iris también procedería de ellas? 

La mandíbula inferior y superior

Las tradiciones del Waitaha y de otros pueblos antiguos no mencionan nada concreto sobre las enseñanzas de los misterios, las iniciaciones o los cultos. Sin embargo, podemos discernir claramente dos niveles de conocimiento y sabiduría: las historias sagradas de la «mandíbula superior» y la voz de la «mandíbula inferior».
Lo que compete a la superior es estrictamente secreto, y sólo tiene conocimiento de ello un pequeño número de elegidos reconocidos como «humildes», personas formadas desde su nacimiento. «La fuerza de la mandíbula superior» nunca se confía a quien vive sólo para sí, sin pensar en los demás; nunca llega a las personas «poseídas por la ira y causantes de sufrimiento». Sólo tienen acceso a estos dominios de conocimiento las personas que tienen una conciencia fuera de lo ordinario y han sido formadas durante mucho tiempo, provistas de grandes dones espirituales. Se acercan a los «antepasados de los mundos» y participan en algo como un saber original, cuya autenticidad resuena en la tradición verbal fielmente transmitida sin interrupción.

Por el contrario, la voz de la «mandíbula inferior» no está ligada a una ley del silencio. Sus historias «llaman tanto a jóvenes como ancianos a los fuegos donde experimentan mundos más reales de lo que tocamos, más perceptibles de lo que podemos ver con los ojos, más hermosos de lo que conservaríamos por mucho tiempo». Cada una de estas historias es como una semilla que, aunque no pueda germinar en cualquier lugar, se hará reconocer siempre por algunos oyentes que descubrirán su profundo significado. La paz mutua, la armonía con la naturaleza, un gran conocimiento de los procesos vitales y de las energías de los campos etéricos caracterizan esta antigua cultura del Océano Pacífico.
De manera general, se puede decir que su ambiente era «puro», las energías espirituales y sutiles apenas encontraban obstáculos. Lo mismo se aplica a Nueva Zelanda. Esto se observa en las plantas y las flores en particular, que tienen casi todas unos colores extraordinariamente vivos. No había mamíferos superiores y la presencia humana fue mucho más tardía que en otros lugares. 

Cualidades notables

Los habitantes originales, que nos dan a conocer el Canto de Waitaha, estaban en armonía con este medio. Eran suaves, propensos a la armonía y evitaban, en la medida de lo posible, el conflicto, el exabrupto y la irritabilidad que, por otra parte, eran castigados. Eran muy tolerantes, pero expulsaban a los violentos de su comunidad. Una vez que las amenazas y los conflictos fueron introducidos en su país por conquistadores extranjeros como los maoríes, llegó la hora del declive de la cultura pacífica. Ésta no pudo coexistir con la presencia de invasores de mentalidad brutal y sin ningún tipo de moderación.

Además de las cualidades mencionadas, los habitantes originales de las islas del Pacífico debían haber desarrollado una valentía y una perseverancia formidables. Para los viajes marítimos se seleccionaba a jóvenes de ambos sexos con esas cualidades. Realizaban viajes de ida y vuelta por las inmensidades del océano, desde la Isla de Pascua a Nueva Zelanda y a Sudamérica, en botes hechos con árboles unidos, sin más auxiliares que el firmamento.

¿Pacífico regreso de una cultura pascual?

En las últimas décadas, muchas almas de la generación más joven, principalmente de América, han introducido en Europa y en otras partes del mundo un sorprendente movimiento nuevo. Estas almas, portadoras de valores como la paz, el amor y una nueva relación con la naturaleza, pueden llevarnos a una nueva conciencia de nuestro medio ambiente. ¿Es posible que los antiguos impulsos de la civilización de la Isla de Pascua hayan vuelto a la vida en una forma adaptada a nuestros tiempos? ¿Sería posible que se estuviera asistiendo a la eclosión de una nueva civilización en la que los valores de la paz y los conocimientos sobre las fuerzas vitales se enseñaran una vez más y se practicaran intensamente durante un milenio?

 

Fuentes

Artículo traducido, condensado y trabajado a partir de tres artículos de Winfried Altmann, aparecidos en Das Goetheanum, 1997-1998. En esta serie de artículos el autor resume la obra Song of Waitaha -The Histories of a Nation: Being the Teachings of Iharaira Te Meihana, c.s. B. Brailsford ed. Ngatapuwae Trust, Christchurch, 1994.

http://www.songofwaitaha.co.nz/

Sencillez

Sencillez

Una idea sencilla

Texto: Ventsislav Vasilev Imagen: Alfred Bast

No te atormentes con preguntas

como por qué, cuándo y dónde…

Y la respuesta –suavemente endulzada–

vendrá como del aire.

 

Cualquier resultado de tus esfuerzos

se desvanecerá, como un espíritu.

Tú sabes quiénes son los sabios:

aquellos que en paz habitan.

 

Y esta sencilla idea

es una llamada, un plan olvidado:

Eres hombre para vivir,

y estás vivo para ser hombre.

Fuente: https://www.logon.media/es

Percepción – lo que ven nuestros ojos

Percepción – lo que ven nuestros ojos

¿Quién mira la fotografía, tú o el fotógrafo?

Text: Joehl  Imagen: ph

Cualquiera que mire una fotografía, la ve, por así decirlo, a través de cuatro ojos: los suyos y los del fotógrafo. El fotógrafo deja que otros vean lo que él ha visto.

Así, hasta cierto punto, él dirige nuestro ojo. Sin embargo, el desafío para el fotógrafo va más allá, como lo demuestra el trabajo de Hiroshi Sugimoto.

Nuestro ojo filtra muchos de los detalles, mientras que la cámara, el quinto ojo, registra todo correctamente, incluso los detalles que el fotógrafo no ha visto. Por lo tanto, no es tan extraño que para el fotógrafo Hiroshi Sugimoto, aunque elija temas como paisajes marinos, cines, estatuas de cera, dioramas y descargas eléctricas, su verdadero campo de investigación sea la percepción.

¿Qué hace realmente la mirada? ¿Y qué está viendo? En la mayoría de sus paisajes marinos solo vemos agua y cielo. El ojo debe buscar rápidamente los detalles, algo sobre lo que se pueda montarse una historia o darle un significado. El horizonte solo ofrece a los ojos inquietos un enfoque provisional, ya que es propio de la naturaleza de un horizonte permanecer inalcanzable.

Solo existe la plenitud del vacío, no hay barca, ni gaviota, ni litoral llamativo, ni nubes ni olas. En algunas imágenes, la imagen está desenfocada conscientemente.

Solo hay lo que es. El ojo busca y al hacerlo hace que no veamos lo que es.

Una película completa en una sola foto.

Influido por el budismo Zen, Sugimoto reflexionó: ¿Qué pasaría si pudiera capturar una película completa en una sola foto?

En sus fotos en salas de cine, vemos la pantalla de proyección rodeada por la sala. Debido a que para obtener una única foto tiene que mantener el obturador de la cámara abierto en una exposición larga durante toda la ejecución, todo lo que se ha movido durante ese tiempo ya no es visible. Así, aunque la gente entró, vio la película y se fue, solo vemos una pantalla blanca y las sillas vacías de la sala. De la película con sus imágenes en movimiento solo queda una superficie blanca iluminada.

Como hay una pantalla, vemos la luz que hace posible la proyección y, gracias a la luz, también vemos el espacio para los espectadores. Sin embargo, no vemos espectadores ni película, solo luz y espacio.

En sus dioramas vemos imitaciones de escenas naturales. En la época victoriana, estos eran arreglos populares de animales embalsamados ubicados en una decoración que sugería su entorno natural.

Además, las imágenes en cera de figuras históricas representan seres vivos, pero solo son copias exactas de lo real.

Todo es artificial y solo experimentamos una visión de segunda mano. Porque miramos las interpretaciones y las imágenes de pensamiento de cómo debió haber sido algo y no vemos la vida real de estos animales o personas.

La investigación de la percepción se enfoca cuando Sugimoto en las fotos que toma, además de lo inanimado que extrañamente parece real o polvoriento, también parece dejar de lado su historia de educación y entretenimiento.

Entonces, hay libertad para mirar realmente. Las imágenes y las escenas en sus fotos son, por lo tanto, de la misma calidad que las que un pintor podría obtener si tuviera tales animales y personas vivas ante sí.

En su serie “Lightning Fields” (Campos de Luz), Sugimoto parece haberse retirado completamente del dominio conductor del ojo. En un baño con productos químicos en el que se encuentra una placa fotográfica, provoca una descarga eléctrica. Luego se fotografían los efectos de la descarga. En las fotos, con sus estructuras etéricas, parece que estamos viendo surgir la vida misma. Sin la intervención del ojo del fotógrafo se hace posible que ella misma se manifieste. Él solo contribuye decisivamente en la publicación. Estamos siendo devueltos a nuestra única percepción, cara a cara con la naturaleza.

Debido a que en las fotos de cine de toda la presentación de la película y su audiencia solo se capturan la pantalla blanca y el espacio vacío del teatro, la naturaleza transitoria de la vida se hace visible como realmente es. El movimiento y la percepción del ser humano tienen lugar en el tiempo y en el espacio, y esta verdad y nuestra percepción son puestas ahora bajo un signo de interrogación. Si bien pensamos que nuestro ojo percibe neutralmente, solo vemos nuestras propias ideas proyectadas sobre lo que vemos. El espectador y lo que vio se afirman mutuamente en su existencia temporal y relativa.

Pero primero, cuando damos a las imágenes y a la percepción un estado absoluto, se las ve como reales y solo más tarde vemos la vida inventada y reconocemos que nuestros ojos están ciegos al ver. Estamos atrapados en el intercambio incesante de los opuestos: del bien y el mal, el estrés y la relajación, el odio y el amor. Y debemos satisfacer el deseo de emoción al mirar más a fondo esa “película de la apariencia de la realidad“.

Debe haber luz

Las muchas imágenes cambiantes en la pantalla de la película así como nuestras percepciones solo son posibles cuando hay luz. Todo lo que se manifiesta solo es posible por la luz. Es por supuesto cierto, para la mayoría de las personas, que la luz de la consciencia ilumina la pista de la película de su memoria. Proyecta historias e imágenes en nuestro cerebro, y nuestros deseos y temores deforman la percepción.

Por lo tanto, cuando no hay espectadores ni película, solo hay luz y no hay película sin un observador. Público y película, el observador y lo observado, el sujeto y el objeto son, en última instancia, irreales. Solo la luz es permanente y real.

En las fotografías, la luz del proyector de película parece estar separada del observador y de lo observado y tomar el lugar de la observación en sí misma. Y la dictadura del ojo nublado condicionado parece ausente por un momento.

El ojo ve por medio de la luz, pero nosotros no vemos la luz en sí misma porque la visión y la luz son en realidad una.

La vista y la claridad de la luz que no proyecta una sombra hacen uso del ojo cuando es necesario para mostrar “lo que es”. Es la luz liberada de la consciencia en el alma que sabe todo y da vida a todas las cosas. Sin conocer y sin conocido, solo un saber en sí mismo. Un libre surgimiento de todo.

Es probable que Sugimoto pudiese haberlo vislumbrado durante su infancia y más tarde, como adulto, a través de su orientación Zen y sus experiencias extracorpóreas y posiblemente fue lo que inspiró su investigación sobre la percepción.

Cuando piensas saber algo, lo has vuelto un concepto. La atribución de palabras y conceptos como mar y aire es, por supuesto, algo práctico en la existencia relativa, pero aún ahí aparece un horizonte que separa. Más allá y fuera de esta relatividad, ya no hay una fotografía que muestre nuestra visión, solo luz, solo “aquello que es”.

Fuente: https://www.logon.media/es

Volador de altura, 1ª parte

Volador de altura, 1ª parte

‘Elévate por encima de ti mismo’, ponía en el anuncio de la Sociedad de los Voladores de altura

Texto: Amun, País: Holanda, Imagen: Adina Voicu via Pixabay CCO

Como durante años no había logrado estar satisfecho con mi vida ni siquiera un poco, teniendo aparentemente todo lo que uno pudiese desear, decidí dar un paso adelante y buscar un nivel más elevado.  Tiene que haber algo mejor, algo más elevado pensé, y en ese mismo momento un anuncio llamó mi atención.

‘Elévate por encima de ti mismo’ decía, seguido por algo que se resumía con la posibilidad de construir tus propias alas en la Sociedad de los Voladores de altura.  ¡Volando lo más alto posible con esas alas, podías construir otras aún mejores en un nivel superior y alcanzar niveles aún más altos, hasta los cielos más elevados!  Solo tenías que comprometerte totalmente a la causa y también recibirías toda la ayuda que necesitaras.

Realmente me atraía e inmediatamente contacté con la sociedad.  Sería bienvenido la mañana siguiente, me dijeron.  La ubicación no estaba nada lejos y llegué temprano.  Mi corazón daba saltos de alegría con lo que vi allí.  Hombres y mujeres de más o menos peso estaban aleteando por allí vistiendo un tipo de alas dobles de lana ligera con gasa fina ajustada entremedio.  Reían y animaban a muchos niños pequeños que intentaban despegar con sus alas de entrenamiento de cartulina.  ‘Correr más rápido y agitar las alas a la vez,’ ‘¡Sí! ¡Casi estáis volando!’, sonaba con entusiasmo.  Los niños estaban saltando y corriendo, no  todos se lo tomaban  con seriedad, pero estaba claro que les gustaba.

A mi derecha, había un taller cubierto, donde la gente estaba ocupada construyendo y reparando alas.  Agitaban sus manos saludándome calurosamente y yo quería ir allí, cuando un niño pequeño de unos diez años me atrajo la mirada.  Destacaba porque estaba sentado calladamente sobre una piedra, observando una ramita que sostenía en su mano.  No era especialmente llamativo, tenía el pelo castaño y puntiagudo, era delgado y tenía una cara corriente de niño.  Era el único que no estaba ocupado haciendo algo.  Cuando pasé por delante de él, me saludó asintiendo con la cabeza.  Tenía ojos verdes y una expresión reflexiva.  Pero no hablamos y seguí mi camino.

¡Qué cálidamente fui recibido en ese taller! Hombres y mujeres trabajaban uno al lado del otro.  El trabajo más duro era doblar la madera.  Me quedó claro que no se podía simplemente echarse a volar si no que había que trabajar duramente para ello.  Bajo la supervisión de dos hombres entusiastas aprendí sobre las diferentes especies de madera y sus propiedades, sobre remojar la madera y doblarla cuidadosamente para que no se  partiese.  Me fijé que las alas eran muy pesadas y me preguntaba si realmente podías elevarte con ellas.

Durante tres meses pasé cada día en el taller.  Por la noche dormíamos en tiendas, donde oí bastante sobre ‘arriba’.  Estaba impaciente por que sucediera.  Entonces llegó el gran día.  Estaba de pie sobre la línea de salida de despegue aérea, una torre alta, y empecé aleteando cuidadosamente para probar el resultado de mi diligente trabajo: las alas.  Se mantuvieron intactas, afortunadamente, y agité mis alas cada vez más rápido y conté hasta tres.  En el tres despegué decididamente y conseguí mantenerme en el aire durante varios minutos.  Requería tanta concentración que no pude mirar  a mí alrededor.

Mis amigos me felicitaron y animaron a seguir intentándolo.  Podría llevar varias semanas hasta que realmente pudiese volar durante un rato y yo practicaba frenéticamente ya que mi deseo de elevarme era muy fuerte. Con mi aleteo alteraba a muchos padres voladores (eran los voladores del nivel más inferior), pero se lo tomaron bien.  Ahora podía mirar a mi alrededor y hacia abajo, a los graciosos niños alados.  Pero prefería mirar hacia arriba, porque aquí todo me resultaba familiar.

Si aleteaba fuertemente y hacía una serie de maravillosas curvas, me percaté que llegaba más alto, y allí había mayor silencio.  Sin embargo, en cierto modo me decepcionaba; no veía nada realmente desconocido.  Por esa razón necesitaba elevarme aun más, pero esto superaba mis capacidades actuales.  Por la noche, en la tienda, preguntaba a los demás sobre ello, pero por su parte, estaban satisfechos con mi nivel actual y no entendían de qué les hablaba.  A la mañana siguiente el niño con ojos verdes de repente me habló al pasar: ‘¿Quieres subir más? Entonces tienes que escalar a la meseta que ves cuando estás volando en lo más alto posible.  Allí fabrican alas diferentes.’

¿Eh? ¿Cómo sabía lo que quería? No le pregunté pero agarré mis alas inmediatamente y volé y volé, sin desayunar, lo más alto posible.   Me llevó mucho esfuerzo, pero al fin vi, al norte, un tipo de altiplano y conseguí subirme.  No vi a nadie pero había un pequeño taller y un manual sobre la pared acerca de cómo construir alas.  Un montón de bambú estaba apoyado en el rincón y rollos de gasa fina sobre el suelo.  Había una cama y una despensa con comida.  También había un lugar de despegue aéreo.  Inmediatamente me puse a trabajar  y como resultado de mi deseo ascendente, acabé mis alas en un par de días.  Ahora que en cierto modo me había hecho a estar allí, podía ver gente volando y de vez en cuando alguien aterrizaba, me daba la mano y me deseaba suerte.  Me gustaban.

Esta vez me costó menos aprender a manejar las alas; aún así al principio no lograba elevarme mucho.  Charlaba con mis compañeros de vuelo y examinaba el entorno.  Vi magníficos picos de montañas nevadas y a menudo volé en las nubes.  ¡Era genial!  Sin embargo, al cabo de un tiempo me cansé de este nivel y ansiaba elevarme otra vez más alto.

No fue hasta que pude volar realmente alto y planear mientras dormía, que detecté un altiplano.  Era menos visible que el último; parecía más fino.  Conseguí subirme y de nuevo encontré un taller y comodidades.  Me puse con el acero fino y la gasa aun más fina.  El manual era breve; aun así lo logré y me enorgullecí de ello.  El lugar para el despegue aéreo estaba alto, y de repente se me ocurrió valorar el riesgo de caída.  Me tranquilicé con el pensamiento que las alas aminorarían mi caída y que nunca podría caer más profundo que de donde empecé.

El vuelo en sí no era muy difícil pero elevarse lo era.  Tenía problemas para respirar y decidí quedarme en el nivel aéreo más inferior.  De vez en cuando regresaba a la salida inicial del despegue aéreo para descansar.  Aun así, me adapté y podía mirar a mi alrededor y hacia abajo, donde podía ver en el fondo a los voladores de bambú si las nubes lo permitían.  Tras mucha practica y esfuerzo en este nivel, finalmente me elevé más alto.  Paciencia,  eso es lo que aquí aprendí y al final valió la pena, porque vi un altiplano difuso en la distancia, aunque todavía no pudiese alcanzarlo.    

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El superlativo

El superlativo

Esto es ‘asombroso’, ‘impresionante’, ‘alucinante’

Texto: Hugo van Hooreweghe

“Esto es ‘asombroso’, ‘impresionante’, ‘alucinante’”.  Recurrimos de esta manera a superlativos para expresar, de un modo más bien exagerado, nuestro asombro y desconcierto de las cosas que experimentamos.  Pero al hacer eso olvidamos demasiado fácilmente que hasta la experiencia más extrema es espacialmente determinada, por lo cual aún relativamente restringida y limitada.  Quizás indique un anhelo de ir más allá de lo conocido, a lo que todo sobrepasa: lo ilimitado e infinito, que nos reta trascender nuestros límites.  Por ejemplo, la ciencia cosmológica utiliza satélites ingeniosos para explorar los horizontes más lejanos en la búsqueda de agua en Marte y vida fuera de nuestro planeta.  Y a la vez, contrariamente, físicos cuánticos eruditos buscan partículas cada vez más pequeñas, buscando penetrar en la materia cada vez con más profundidad,  donde la materia física parece transformarse en lo espiritual.  Pero al hacer esto, ¿realmente tocamos el verdadero nivel superlativo que asciende por encima de toda experiencia de nuestra limitada percepción en tres-dimensiones?

¿No es todo nuestro conocimiento y experiencia lo que se detiene en cualquier frontera, ya obsoleto antes de alcanzar sus conclusiones? ¿No es cada intento hacia una meta programada, preestablecida, condenada al fracaso, antes de haber realizado nada en absoluto?

¿Dónde acabará todo esto? Sin duda alguna, finalmente por todas partes.  ¡Y a la vez en ninguna parte!

Porque no puede estar en ningún lugar aparte de donde el tiempo y el espacio se colapsan, y finalmente donde toda dualidad se desintegra o amalgama.

En una unidad que a la vez incluye el todo y lo trasciende, y donde los múltiples universos y dimensiones que nos rodean y penetran, es todo Uno.

Todo esto lo sabemos muy bien intelectualmente. ¿Pero realmente somos también conscientes de ello?  Y la pregunta más importante: ¿Además, vivimos este conocimiento nosotros mismos? ¿Realmente se ha vuelto nuestro estado de consciencia en un estado de vida? ¿Una vida que se ha fundido con la unidad absoluta y ha renunciado a toda identificación con la separación? ¿Una vida en la luz de una realidad eterna e infinita?

Si es así, no habrá espacio para desviarse, no quedará tiempo para aplazar.  Solo habrá la única opción a la cual dedicar todo nuestro ser.

Eso sí que es realmente asombroso y alucinante.

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Mundo de ensueño

Mundo de ensueño

A veces durante el sueño, puedes darte cuenta de estar soñando

Texto: Joost Drenthe

A veces durante el sueño, puedes darte cuenta de estar soñando y entonces puedes tener un momento de conciencia donde eliges o seguir soñando o volver a la vigilia.

Grandes maestros que tenían conocimiento de otra Naturaleza a menudo denotaban nuestra vida terrenal como ‘el estado de ensoñación’.

Despertad, vosotros que dormís…

Nos enfrentamos a dos impresionantes percepciones si es que lo podemos reconocer.  Primero, que aparentemente hay otra Naturaleza, y segundo, que todas las metas que perseguimos y por las que trabajamos afanosamente podrían ser, para nada real.

Cuando estamos completamente ocupados en pos de estas metas continuamos corriendo y corriendo duramente para mantenernos en el mismo lugar.

Billones de personas viven en su propia idea personal de la realidad. Experimentamos tan diferentemente el mismo mundo porque cada uno vive su vida de ensueño y se aplica a fondo para hacerla realidad.  Y como la gente con el mismo tipo de sueño se junta, crea un sueño colectivo para una realidad colectiva, sabiendo que debe ser la verdad para:

¿No creemos todos lo mismo en nuestro grupo?

Hasta…hasta que tu consciencia invalida tus pensamientos.  Continuar durmiendo y soñando en este mundo es ser inconsciente de otra Naturaleza.  Despertarse en este mundo significa un despertar a la vez en el otro Mundo.  Nuestro sueño más persistente aquí en la tierra es no saber que soñamos.  Poblamos el mundo así como nuestro espacio personal con nuestras creencias, nuestra forma de pensar y afán por un futuro mejor hasta que nos enredamos totalmente en esta ensoñación.

Pero el sueño puede acabar para ti repentinamente –  justo cuando menos te lo esperabas.

De repente cambia la trama del libro de tu vida y el personaje YO se pierde en el camino. ¡Y por extraño que parezca, necesitas perderte para encontrar el Camino!

Una de las pocas certezas que tenemos es que la vida está llena de incertidumbres aunque continuamos manteniendo la ficción de que lo que pensamos sobre la vida es la realidad.  Esto precisamente es lo que mantiene funcionando nuestro mundo ideal – hasta que dejamos de creer nuestros pensamientos y reconocemos la realidad.

De nuevo una sacudida.  ¿En qué clase de realidad vivo si me vuelvo totalmente consciente de este mundo de come-o-serás-comido? ¿Qué sucederá si permito a la cortante realidad actual prevalecer sobre mis pensamientos y suposiciones sobre ella?

Lo que sucederá es que te darás cuenta de estar soñando y algunos volverán apresuradamente a sus sueños.  Convertirán sus sueños una vez más en su realidad desconectando su consciencia y una vez más dando rienda suelta a sus pensamientos sobre la realidad.

Los valientes se detienen y permiten que su asombro eche raíces acompañado por un sentimiento de vacío, futilidad y soledad.  Si somos capaces de ver a través del sueño, este vacío es el prerrequisito para realizarse de un modo muy diferente.

El auténtico despertar tiene lugar cuando nos damos cuenta (lo cual es muy diferente del pensar) que nuestro ser es elaborado por las ideas, creencias y recuerdos y no tiene nada que ver con quien realmente somos interiormente.  Este estado de ego no tiene ninguna identidad real en si mismo sino que originalmente su fin era ser un instrumento del alma.  Pero usurpó el poder.

En esencia el ego es un mecanismo, no una entidad realmente viva y tiene una corteza de resistencia en contra de la dura realidad actual.  Si lo permitiésemos totalmente, el sueño se haría inmediatamente añicos.

Y este mecanismo del ego tiene dos brazos: uno para alejar lo desagradable y otro para captar.  Con estos dos construye su propio mundo ilusorio virtual.  No es de extrañar que los grandes maestros instruyeron  sus alumnos ‘el camino del medio’ imponiendo la neutralidad como condición.

Quizás es hora de empezar a practicar el trabajo del corazón en vez del trabajo arduo del esfuerzo.

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¿Tocado por el Espíritu?

¿Tocado por el Espíritu?

Un momento en medio del silencio

Text: Angelika Häusler Image: Pixabay CCO

Vivíamos en las afueras. Yo tenía 5 o 6 años. Mis padres eran dueños de uno de los tres bares locales, por lo que casi no tenían tiempo para mí. Yo era un niño soñador, a menudo infeliz, no exactamente lo que mis padres habían previsto.

Una vez, durante el invierno, me desperté muy temprano y, mirando por la ventana hacia afuera, me di cuenta con alegría que había nevado. Apenas pude esperar para salir corriendo hacia el límite más lejano de nuestro jardín, donde, con la primera luz del amanecer, contemplé los blancos campos y bosques.

Intacto, como si estuviera hechizado, el paisaje cubierto de nieve yacía ante mí en completo silencio. Asombrado busqué mi armónica y toqué una breve melodía. Me quedé de pie en el claro silencio invernal como una escultura de plata. Abrumado por la belleza de ese momento, mi corazón estaba a punto de estallar. Entonces, de nuevo, se produjo el silencio. Me sentí feliz, como si todo el universo me envolviera, yaciendo ante mí en su sublimidad, muy lejos de la mezquindad de la condición humana.

Algo dentro de mí anhelaba contemplar esta infinidad, y sentí que contenía un secreto. Algo crucial que, sin embargo, no pude entender. ¿Cuál es el significado de todo esto? Mi cerebro estaba cerca de explotar…

De repente, un pensamiento solitario entró en mi mente infantil: la razón por la que la humanidad (incluido yo mismo) era tan infeliz y por lo que el mundo, en general, era tan miserable (pensé, por ejemplo, en los niños que mueren de hambre en África) es, simplemente, porque la gente (incluyéndome a mí mismo) no conoce lo que está detrás de cada cosa, de cada situación. Porque no conoce el secreto de la Eternidad. Repentinamente comprendí, y me sentí profundamente compasivo con todos los que anhelan ser felices, pero aún buscan en lugares incorrectos, sin darse cuenta de ello.

Recuerdo contarles a mis padres sobre mi descubrimiento, pero ellos no supieron qué hacer al respecto y tampoco parecía ser importante para ellos.

Durante el resto de mi infancia y adolescencia esta experiencia se retiró a lo más profundo de mi subconsciente.

Hoy creo que, en ese momento, algo me “llamó” desde el pasado, intentando mostrarme un camino. Mucho más tarde, ya adulto, algo me “llamó” nuevamente, y comencé a buscar el significado de mi vida.

Había olvidado, posiblemente suprimido, casi todo sobre mi temprana niñez. Pero recordando ese momento, podía todavía sentir claramente su santidad.

He llegado a la creencia de que los seres humanos dedican cantidades increíbles de energía, soportan el dolor y la tristeza, invierten mucha esperanza, amor y dedicación para crear algo bueno y encontrar la realización, y aun así ellos fracasan una y otra vez, a menudo creando miseria, destrucción, dolor y desesperación. Simplemente porque no conocen al Único Fundamental, que no es de este mundo, y nos espera en el silencio de la Eternidad.

Por esto, creo que el Espíritu llama a cada ser humano.

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El mito de la Pistis Sophia habla de nuevo

El mito de la Pistis Sophia habla de nuevo

El evangelio de la Pistis Sophia, uno de los pocos escritos gnósticos ya disponibles en el siglo XVIII.

Text: John van den Berg   Imagen: Logon

El evangelio de la Pistis Sophia es uno de los pocos escritos gnósticos que ya estaban disponibles en el siglo XVIII. Una traducción al inglés apareció a principios del siglo XX, lo que permitió a Carl Jung, por ejemplo, tenerla en su librería. En los años sesenta del siglo pasado apareció una traducción al neerlandés gracias a la editorial rosacruz. Los escritos recopilados de Nag Hammadi, que están disponibles en nuestro tiempo, dan una nueva imagen de la Pistis Sophia, en tanto que representación mítica del poder espiritual que puede revelarse en nuestras vidas en el siglo XXI.

La vida espiritual de los primeros siglos de nuestra era se centra principalmente en el mundo luminoso, también llamado Pleroma, donde el hombre-luz lleva a cabo su desarrollo. El hombre actual, como nos dicen los escritos, lleva una chispa de esa Luz original del Pleroma en su corazón. Esta chispa es, por lo tanto, el punto de partida de un camino de iniciación de regreso al Pleroma.

Durante los primeros siglos de nuestra era, se creó un dogma en torno al acercamiento hacia la Luz. La Luz aún brillaba en la oscuridad, pero la Luz cada vez fue menos comprendida. Por lo tanto, los escritos de los primeros días fueron reescritos, adaptados y colocados en el contexto de un evento histórico: un salvador que existía fuera de uno sin ninguna fuerza espiritual interna.

El camino de iniciación desde la oscuridad a la luz fue considerado imposible por cualquiera que tuviera “otros” pensamientos diferentes a los del orden establecido.

Los investigadores nos muestran claramente que muchas imágenes míticas desaparecieron y fueron olvidadas durante los primeros siglos de nuestra era, y otras muchas fueron transformadas en personajes históricos, como sucedió con Jesús. El mito de la Pistis Sophia ha sido completamente olvidado debido a la destrucción de todas las fuentes escritas. Ha sido desterrado, por así decirlo, al inconsciente colectivo de la humanidad.

Afortunadamente, ahora podemos leer y estudiar las escrituras antiguas nuevamente. Quizá ahora podamos entender mejor el viejo mito de la Pistis Sophia. Con frecuencia se la describe en los escritos de Nag Hammadi como un poder espiritual creativo en el Pleroma. Allí, la Pistis Sophia es la portadora y guardiana de la sabiduría para el hombre-luz.

Sin embargo, en un momento determinado, ella crea un nuevo universo fuera del mundo luminoso del Pleroma en el que aparece la sombra y, finalmente, la oscuridad. Así, la vida de la humanidad se ha convertido en lo que es hoy.

Su imagen en el códice Askew, el evangelio de la Pistis Sophia, es una reacción a este desarrollo. Es la narración de un alma que se libera de las ataduras de una vida en el mundo material. Ella llega a comprender profundamente que este mundo está gobernado por la voluntad, la mente y los deseos de un instinto inferior. La Pistis Sophia, sin embargo, permanece orientada a la “Luz de las luces”; lo que le permite liberarse de la oscuridad y, finalmente, conectarse con el salvador Jesús.

El camino de la Pistis Sophia puede hacernos conscientes de las posibilidades que están en nuestro interior. Es como activar una fuerza espiritual interna, de acuerdo con un método míticamente sugerido. Lo más importante es comenzar a vivir desde un anhelo acorde con lo que ya sabes. Si no puedes mantener tus propias intenciones, puedes llamar a la Pistis Sophia. Esa es la fuente de sabiduría y confianza latente en las profundidades del propio ser. Pues, Pistis significa “fe” y Sophia “sabiduría del corazón”.

En el siglo XXI, trabajar con las energías disponibles de la vida diaria es un proceso dinámico. Una y otra vez comparamos lo percibido por nuestra propia conciencia con la realidad momentánea de la vida. Allí encontramos lo que se necesita para sondear nuestra conciencia. No solo reflexionando, sino también acercándonos a todo con un corazón receptivo, sabio y siempre intrigante.

Una actitud de vida acorde con nuestra verdadera naturaleza como ser humano es creer, confiar, descubrir, sentirnos profundamente conmovidos y admirar.

Pero también podemos olvidar, sufrir, aceptar, redescubrir, caer y luego volver a levantarnos.

Nuestra conciencia puede desarrollarse donde desaparecen todos los límites, viviendo de los valores eternos del Pleroma, donde el Amor que todo lo abarca es la nota clave de la existencia. Por lo tanto, el mito solo es un mito sino que se convierte en un poder espiritual activo en nosotros, lo que nos proporciona inspiración, alegría y confianza en nuestra propia fuente interna de vida.

La Pistis Sophia vive de nuevo en el presente del siglo XXI.

Referencias

El códice Askewianus contiene las traducciones coptas de Gnostic Pistis Sophia

Pistis Sophia; Una miscelánea gnóstica: siendo la mayoría de los extractos de Los Libros del Salvador, a los que se agregan extractos de una literatura afín; inglés, por G. R. S. Mead, Londres, J. M. Watkins, 1921

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Onhemonkandire y endura: vida eterna para guaranís y cátaros

Onhemonkandire y endura: vida eterna para guaranís y cátaros

La búsqueda de Iwi Marae, la Tierra sin Mal, refleja el viaje espiritual del individuo en el camino de regreso a su condición original.

Texto: Colaboradores Logon  Imagen: Marion Pellikaan

La religión es el campo de conocimiento que más se atreve a responder la pregunta sobre lo que viene después de la muerte. Hay casi tantas respuestas a esta pregunta como denominaciones religiosas, algunas de las cuales pueden considerarse casi hegemónicas debido a la gran cantidad de seguidores que poseen. Este no es el caso de los conceptos de Onhemonkandire, de los indios guaraníes de América del Sur, y de la Endura, de los cátaros del Languedoc medieval, que son respectivamente la resurrección del ser humano y la muerte de la ilusión del yo. Y aunque estos dos conceptos se han desarrollado dentro de pueblos de tiempos y regiones geográficas muy diferentes, comparten rasgos esenciales.

Existe una creencia generalizada entre los guaraníes llamada onhemonkandire, que, desde una perspectiva occidental, puede entenderse como la vida eterna que se alcanza en la vida terrenal. Es un proceso que incluye el Apecatu Ava- pora, o Camino Sagrado del Hombre, y Araguijé kandire, que es equivalente a la resurrección de los cristianos, pero con la importante advertencia de que tal resurrección no tiene lugar después de la muerte física—sino que puede realizarse durante la vida.

La idea de la resurrección estando vivo puede parecer paradójica, pero ha sido compartida por muchos cristianos de diferentes denominaciones a lo largo de la historia. La comunidad cátara, por ejemplo, también conocida como la comunidad albigense, floreció en el Languedoc, actual sur de Francia, en el siglo XII y se fundó sobre los principios de un cristianismo interior. Hablaron de un proceso que llamaron endura, a través del cual uno alcanzaría la muerte del “yo” y el renacimiento / resurrección de un nuevo ser. Con la terminación y la consumación de la endura, se establece una conexión entre el nuevo ser cristiano y el espíritu de Dios, una conexión que le proporcionaría el camino de la perfección. No es de extrañar que el catarismo fuera calificado como una herejía por la Iglesia oficial, porque los cátaros profesaban una fe en la posibilidad de una conexión íntima y directa con Cristo, lo que disminuía significativamente la necesidad de una iglesia como mediadora entre Dios y su criatura. El no reconocimiento de la jerarquía establecida por la teología católica y la aparente aceptación de una jerarquía propia, que abarcaba desde los Simpatizantes hasta los Perfectos, se volvieron intolerables para el poder constituido de esa época, que tenía sus cimientos precisamente en aquellos principios teológicos.

Asociada con onhemonkandire, en los misterios guaraníes, está la creencia en la existencia de la Tierra sin el mal, Iwi Maraê. En un pasado no muy lejano, esta creencia fue responsable de la migración de estos indios a diferentes regiones del continente sudamericano. Presumiblemente, para los migrantes, la región geográfica donde pensaron que podían encontrar Iwi Maraê podría estar en cualquier lugar que no fuera su propia tierra actual. En cierto sentido, esta es una noción correlacionada con la de la Tierra Prometida de los judíos.

En vista de lo cual, es natural que muchos guaraníes también creyeran que la inmortalidad alcanzada en el cuerpo físico también sería la inmortalidad del cuerpo físico; al igual que muchos cristianos creen que, como salvados, sus cuerpos actuales se conservarán cuando se otorgue la inmortalidad después del Día del Juicio Final.

Sin embargo, es bien sabido que la resurrección y la idea de una vida eterna no se entendieron de manera uniforme, incluso dentro del cristianismo. En consonancia con ciertos movimientos gnósticos de la era cristiana primitiva, los cátaros consideraron los relatos de la vida de Jesús como símbolos de un proceso interno que todos los candidatos a la vida eterna deberían realizar. Por lo tanto, según la investigadora brasileña Joene Saraiva, los perfectos (iniciados cátaros) enseñaron que “la hostia consagrada no era el cuerpo de Cristo; que el cuerpo de los muertos no resucitaría; que el bautismo y el matrimonio no traían la salvación, y que ellos creían en un nuevo Cielo y una nueva Tierra”.

También se sabe, gracias al trabajo de divulgación de la sabiduría guaraní realizada por Kaká Werá, que las enseñanzas sobre el onhemonkandire también tienen un carácter simbólico. La búsqueda de Iwi Maraê, la Tierra sin Mal, refleja el viaje espiritual del individuo en busca de su regreso a la condición original.

Este viaje implicaría el abandono de arandu, la forma corpórea, como final del proceso espiritual. Por lo tanto, la resurrección es para ellos, tal como lo fue para los cátaros, una realidad interna que concierne al despertar de la nueva consciencia, o la consciencia de un nuevo ser, que no podría limitarse a las demandas del cuerpo físico. Es una resurrección lograda en la vida, pero va mucho más allá de los horizontes de esta vida.

La creencia en la vida eterna lograda mientras todavía se está encarnado (por usar un término más familiar para nuestra cultura) sigue vigente hoy en día, tanto entre el pueblo guaraní como entre los cristianos gnósticos de la Escuela Espiritual de la Rosacruz Aurea, quienes, en cierta medida, son los herederos espirituales del catarismo. La búsqueda de la Tierra Prometida, o la Tierra sin Mal, es mucho más que la expectativa de que una promesa milenaria se cumpla, es la asunción de la tarea de renacer a la verdadera vida. Al fin de cuentas, “quienes dicen que deben morir primero y luego levantarse, se equivocan. Si no reciben la resurrección mientras viven, cuando mueran, no recibirán nada” (Evangelio gnóstico de Pedro).

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Narrador del Cielo

Narrador del Cielo

Imagina que estás viendo toda tu vida como si fuera una película

Texto: Krabbelton    Imagen: A. Bast

Imagina que todo lo que ves, sientes, piensas y escuchas, todo lo que experimentas conscientemente -incluso tu propio cuerpo- lo estás viendo como si estuvieras en una película. Imagina que tú eres el único observador. Una película única, en la que tienes el papel principal y el de todos aquellos que juegan un papel en esa película. Imagina, al mismo tiempo, que tú estás proyectando la película en la pantalla de tu conciencia.

La película empezó cuando tú aún eras muy joven y se sigue proyectando todos los días. Mientras la película se proyectaba, naturalmente, te acostumbraste a las cosas que te mostraba, cosas que continúa mostrándote y que son percibidas -por ti- como verdaderas.

Éste eres tú y nadie más, no hay nadie más como tú en todo el universo. Éste eres tú, un ser humano único, completa y absolutamente tú. Así, tu identidad está siendo creada al igual que la identidad de cada persona. Casi nadie piensa en esto.

Que la película sea una buena o mala, depende del guión de la historia que se está desarrollando, y también de la importancia que tú le des.

Un día surge la pregunta de si tú eres realmente esa persona que ves como tú mismo. Surge un sentimiento de duda, un sentimiento de que algo no está bien, de que falta algo. Todo esto, simplemente, no parece justo. Ocurren cosas que no puedes cambiar nada, cosas que no quieres que pasen; de hecho, sientes que podrían ser diferentes, que deben ser diferentes…

La consciencia se despliega desde tu interior y descubres que hay otro camino a seguir. Esta consciencia atrae tu atención y, sin importar lo que hagas, permanece contigo, en un segundo plano, como un verdadero amigo al que llegas a conocer más y más. A veces, este amigo es inquietante, pero es fiable. Se vuelve más y más natural querer estar con él.

El compañero en ti cambia tu panorama y tu forma de ver el mundo. Todo lo que ves ahora, lo ves junto con este amigo y ya no estás solo. Dos ven mejor que uno. Las mismas cosas toman otro significado, tú también estás tomando otro significado. Ya no te identificas tanto con los sucesos de la película. Tu compañero interior se acerca más a ti y te identificas con él. El irradia una nueva luz en tu vida.

Imagina que otras personas también encontraran a su compañero interior. ¡Y que todos tomaran conciencia de ser la pantalla, el proyeccionista, el observador y la luz, todo al mismo tiempo!

La luz del compañero interior dirige tu vista hacia la fuente, en la que todo se origina y a la que todo regresa. Percibes algo del camino espiral de las cosas al ser creadas y formadas. Y reconoces que todo está en ti, junto con lo demás. “Ésta es mi verdadera identidad”. El factor decisivo no es quién soy, sino qué soy: Una de las numerosas estrellas del pabellón de la conciencia, todas brillando con fuerza en el mismo cielo. Puedes verlas todas, pues cada estrella es más hermosa que la otra. Sientes un flujo de felicidad.

Imagina, entonces, que alguien te dice “yo soy la Luz del Mundo” e imagina que cada estrella transmite esto. Cada persona se reconoce en la luz de otra persona en un reflejo infinito.

El tesoro en cada uno es para que todos lo disfruten, ésta es nuestra herencia espiritual. Está, simplemente, esperando que tú la aceptes.

¡Imagínatelo!

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