La poesía como inspiración del alma

 

Poesía: (del griego ποίησις ‘acción, creación; adopción; fabricación; composición, poesía; poema’ < ποιέω ‘hacer, fabricar; engendrar, dar a luz; obtener; causar; crear’).poesia

En su diccionario de Filosofía, Ferrater Mora alude a la definición de Platón según la cual la poesía es una locura, pero “locura divina”. El poeta es, o puede ser “un ser con alas”, inspirado por la divinidad. Así, la capacidad de poetizar es realmente una gracia, un don. Platón habla también de “poesía” como una actividad creadora en general. El término «poiesis» significa «hacer», en un sentido técnico, y se refiere a todo trabajo artesanal, incluido el que realiza un artista. Tal artista es el ποιητής (poietés) ‘creador, autor; fabricante, artesano; hacedor, legislador; poeta’, entre las múltiples traducciones que otorga la palabra. Consecuentemente, «poiesis» , es un término que alude a la actividad creativa en tanto actividad que otorga existencia a algo que hasta entonces no la tenía.
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Así, la poesía es una imitación, siempre entendida como participación en lo Verdaderamente real. La poesía puede ser con ello una sabiduría representativa de lo intangible.

Cuando el ser humano quiere descubrir las leyes de la naturaleza, en su afán por comprender el mundo en el que habita, investiga los fenómenos que observa a través de a la ciencia. Cuando se pregunta por el sentido de su vida y la razón de su existencia, elabora con su pensamiento conceptos y paradigmas que le acercan cada vez más a la filosofía. Pero cuando descubre, oh maravilla, en sí mismo un principio de eternidad, ni en la filosofía ni en la ciencia encuentra su expresión más certera. Recurre entonces, casi sin remedio, a la poesía. Y esta le brinda, si los hados le acompañan, la posibilidad de conectar y tocar esa eternidad.

Se dice que la Verdad, con mayúsculas, no puede ser escrita ni dicha ni en consecuencia, ser traicionada. Isis permanece siempre tras un velo. Los medios físicos de los que dispone el ser humano son insuficientes para acercarse a ella. La razón se debilita entre pares de opuestos. Los sentidos tienen sus propios límites. Con el lenguaje cotidiano apenas podemos comunicarnos y trasmitir información. Sin embargo, hay que estar preparado para captar la Verdad, para percibirla. Y esta preparación no es un saber que se alcanza a través del estudio y del aprendizaje, sino un Poder que se adquiere mediante el esfuerzo personal, mediante la lucha contra los obstáculos que surgen en uno mismo.

Vivimos para morir. Y en esta vida entonces la poesía no cabe. Crecemos, desarrollamos unas capacidades, interactuamos con nuestros semejantes, buscamos nuestro lugar en el mundo, y finalmente… desaparecemos.

Vivimos para alcanzar la eternidad. Toda nuestra existencia se vuelve entonces una búsqueda, una aspiración. La poesía se convierte en el lenguaje que mejor expresa aquello a lo que aspiramos. Y se produce una batalla interna, entre la naturaleza del mundo que marca un camino cuyo fin ya conocemos y ese principio eterno en nosotros que lucha por salir de su olvido y recuperar su reino.

Dice Amado Nervo en su poema titulado Deidad:

Como duerme la chispa en el guijarro
y la estatua en el barro,
en ti duerme la divinidad.
Tan sólo en un dolor constante y fuerte
al choque, brota de la piedra inerte
el relámpago de la deidad.

No te quejes, por tanto, del destino,
pues lo que en tu interior hay de divino
sólo surge merced a él.
Soporta, si es posible, sonriendo,
la vida que el artista va esculpiendo,
el duro choque del cincel.

¿Qué importan para ti las horas malas,
si cada hora en tus nacientes alas
pone una pluma bella más?
Ya verás al cóndor en plena altura,
ya verás concluida la escultura,
ya verás, alma, ya verás…

Sólo se encuentra el Espíritu con el Espíritu, siguiendo la máxima hermética de “Si no puedes igualarte a Dios, no podrás comprenderlo, pues sólo lo semejante comprende a lo semejante”[1]. Aludiendo a la capacidad creadora que antes mencionábamos de la poesía, podemos decir que es a través de sus palabras como el alma se eleva en la búsqueda de su verdadero espacio y plasma la evidencia de los mundos a los que el ser humano, en su humanidad natural, no puede alcanzar.

Como dice Rilke:
Vivo la vida en círculos crecientes
que se extienden sobre todas las cosas.
Quizá no logre completar el último,
pero voy a intentarlo.
Giro en torno a Dios, esa torre altísima,
a lo largo de los milenios giro.
Y aún no sé lo que soy: si halcón o vendaval,
o soy acaso un gran cántico.

[1] Copenhaver, Brian P., Corpus hermeticum y Asclepio, Madrid, Siruela, 2000

Artículo creado por:  Paula Martínez Gallardo