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Meditación: hacer emerger una nueva realidad

Meditación: hacer emerger una nueva realidad

Una verdadera meditación consistiría en tener en cuenta la triple dimensión del ser humano (cuerpo, alma y espíritu), permitiendo así unirse al núcleo más puro de nuestro ser: la Rosa del Corazón

Texto: Fabrice Devanne, País: Francia, Imagen: Nikko

Decir que la meditación está hoy muy en boga es un eufemismo. En Occidente, primero adoptada por las personas que buscaban espiritualidad, por medio de entre otros del budismo zen, la meditación se ha popularizado bajo diferentes formas. El éxito de esta práctica está incontestablemente unido a los beneficios muy concretos que provoca entre los meditadores.

Así, por ejemplo, la fundación del célebre director estadounidense David Lynch, promueve desde hace unos diez años en todo el mundo las consecuencias beneficiosas de la Meditación Trascendental del maestro espiritual indio Maharishi Mahesh Yogi para las poblaciones expuestas a un intenso estrés. Está dirigida a veteranos de guerra, personas encarceladas, mujeres víctimas de violencia doméstica o personas sin hogar. Esta técnica permite también a los estudiantes superar el volante de los exámenes o aliviar los trastornos de la atención o de la hiperactividad en niños y adolescentes.

En Francia, no es un gurú de Oriente sino un psiquiatra, el muy mediático Christophe André, que se encuentra en el primer lugar de las ventas de libros sobre la meditación. Animador de grupos de meditación de plena conciencia en el hospital de Santa Ana en París, ayuda a sus pacientes a superar su sufrimiento y a recuperar el interés por la vida. Las virtudes de la meditación trascienden, por otra parte, el ámbito personal o profesional, ya que interesan ahora al mundo político.

En el último diciembre, el gobernador del estado de Guerrero en México, región golpeada por la sangrienta violencia de los narcotraficantes, recurrió al maestro indio Sri Ravi Shankar para difundir su técnica de respiración y meditación que permite al cuerpo secretar más serotonina, la hormona del bienestar. (350 millones de personas ya han completado su programa en todo el mundo). Hace un mes, este mismo líder espiritual logró convencer a los negociadores de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, comprometidos en un proceso de paz con el gobierno, para que aprendieran a meditar (véase a este respecto el artículo publicado en Le Monde el 6 de diciembre de 2016).

Muchas prácticas se agrupan bajo el término «meditación», cuyo punto común parece ser la necesidad de examinarse a sí mismo, asistirse a sí mismo. ¿Por qué medito? ¿Quién medita en mí? ¿Cuál es el objeto, el punto focal, el centro de mi meditación? ¿A qué me uno cuando medito? ¿Cuáles son los efectos de mi meditación en el interior y en el exterior de mí mismo? No queremos hacer aquí un inventario de todas las técnicas de meditación clasificándolas en relación con estas cinco preguntas. Cada practicante de una meditación puede observarse con el fin de intentar responder por él mismo. Proponemos aquí un punto de vista sobre una meditación surgida de una concepción del mundo que tiene en cuenta la triple dimensión del ser humano – Espíritu, alma y Cuerpo – tal como se hablaba en las civilizaciones india y china, egipcia, semita, griega y romana, sufí, celta, etc. La cristiandad también ha compartido esta visión antropológica durante numerosos siglos como lo ilustra este texto de Efrén el Sirio, un cristiano de Oriente del siglo IV:

Porque el alma es preciosa, más que el cuerpo,
Y precioso es el espíritu, más que el alma,
Y la divinidad más oculta que la mente.
De la belleza del alma, el cuerpo se revestirá
Cuando llegue el final.
El alma revestirá la belleza del espíritu,
El espíritu revestirá en su rostro
La Majestad divina.
El cuerpo al nivel del alma será elevado,
El alma al nivel del espíritu,
El espíritu a la altura donde está la majestad.

Esta concepción del ser humano como un ser triple ha desaparecido de nuestra civilización occidental en el siglo XII en un concilio eclesiástico de la iglesia de Roma. Dicha concepción ha sido progresivamente reemplazada por la que todavía permanece como modelo de referencia: la de un ser que posee una realidad física –un cuerpo, y un alma reducida a una función de aparato psíquico. Así, la tercera realidad, la dimensión del Espíritu ha sido confiscada y desvanecida progresivamente de la memoria de los seres humanos. Ese principio espiritual que el ser humano lleva en lo más profundo de sí mismo, como una semilla en devenir, es llamada en determinadas tradiciones «Rosa del corazón». Reside en la intersección de nuestra realidad horizontal y de nuestras aspiraciones verticales. Todas las escuelas espirituales de buena fe, desde Platón a los Rosacruces del siglo XVII, se han consagrado completamente a hacer emerger en la consciencia del ser humano esta realidad olvidada, haciendo de ello el punto de partida y la culminación de su meditación, con vistas a reconstruir el hombre del origen según el Espíritu, el alma viva y el Cuerpo.

La estructura del hombre triple en ciernes puede compararse con la de un cohete de tres etapas, con el Espíritu en la cima y en la base la estructura más pesada colocada en el suelo, el Cuerpo. La dimensión intermedia, más ligera, corresponde a la del Alma. Las tres etapas no están separadas; comunican entre sí y el factor de unión es la consciencia. Por consiguiente, existe un estado de consciencia unido a cada una de las tres dimensiones: en primer lugar nuestra consciencia espacio-temporal, sensorial que conocemos bien. Después, la consciencia del Alma. Y finalmente, la del Alma-Espíritu. A cada una de esas dimensiones corresponde un mundo particular, un campo de consciencia propia. La meditación tal como era practicada entonces en esta concepción del Ser Humano consiste a alejarse diariamente de la gravedad terrena. La energía necesaria para esta elevación no se genera por medio de ejercicios de apaciguamiento mental o por el aislamiento del ruido de este mundo. La energía que debe impulsar la estructura más densa es la oculta en el principio espiritual, la Rosa del Corazón.

Nos permitimos aquí poner en paralelo el antiguo precepto de los alquimistas «El oro sólo se hace con oro», con el de los Rosacruces «sólo hay meditación espiritual a partir de lo espiritual». Se trata del misterio del alfa y de la omega, del comienzo y del fin. Nos parece, pues, que meditar consiste en una orientación diaria sobre su centro de gravedad, sobre lo que cada uno puede reconocer en sí mismo como perteneciente al absoluto, la Rosa.

Pero este movimiento de meditación no es fácil, pues raramente reina la calma en nosotros. Desde que nos levantamos, nos acosan nuestros pensamientos, el programa a realizar en la jornada, impresiones procedentes de la noche, diversos sentimientos y mil ocasiones para olvidar el ser solar que llevamos. Ante nuestras innumerables exigencias, se trata, pues, de ser un observador activo, cada vez más consciente en cada momento de los diferentes movimientos en uno mismo: consciente de la agitación naciente, de las palabras pronunciadas, de los sentimientos que nos atraviesan, de los actos que se planteen. Cuanto más conscientes nos volvemos de este campo en el que iniciamos nuestra meditación, más éste encuentra una forma de calma, armonía, serenidad. Cuando nuestra conciencia se orienta hacia el Espíritu en nosotros con un deseo profundo, cada dimensión del ser, unida a una esfera de vida, a un campo particular, se conecta a este campo de energía del Espíritu. Es algo así como tomar cada día un teleférico hacia la cumbre de la montaña. Para alcanzar el teleférico, se debe partir del valle y ponerse en movimiento. Un deseo de elevación y una voluntad de actuar están, pues, en la base de tal meditación. Progresivamente, descubrimos fácilmente que no somos el objetivo del proceso de elevación y que nuestra conciencia-yo debe ponerse al servicio de lo absoluto, del Otro en nosotros mismos. Una vez operada la unión, subimos en el teleférico, es decir, penetramos en el vehículo intermediario y revestimos la consciencia del Alma. El resto de la ascensión no ya nos pertenece pero a la salida de la meditación nos beneficiamos de los frutos de ese viaje interior: la Paz, la Luz y la Fuerza del mundo del Alma-Espíritu. Es con ese tesoro que volvemos al valle, el del mundo sensorial, para realizar allí nuestros deberes y nuestras tareas en el plano horizontal y vertical. Concebida así, la meditación no es una actividad aparte en una planificación semanal, sino un compromiso en cada instante. La meditación se vuelve no un fin en sí mismo, sino un útil. Es el medio más eficaz para la renovación de la consciencia.
Nuestra consciencia-yo inicia el acto de meditar, después, cuando la unión con nuestro punto focal se ha realizado, la consciencia espacio-temporal entra en contacto con la esfera de la Rosa, es decir, con el campo de consciencia del Alma eterna. Desde ese instante, ya no somos la Sra. o el Sr. Tal, sino que percibimos el mundo con la consciencia del Alma. Esta consciencia posee  cualidades, como la ausencia de violencia, de crítica, el amor universal; y facultades como la intuición espiritual o la capacidad para unir las cosas y los acontecimientos entre otras. El Alma eterna como mediadora entre el principio espiritual y su medio de manifestación recibe los impulsos del Espíritu y los traduce en imágenes y en impresiones para la consciencia-yo que se une a ella. El estado de meditación es, pues, una exploración entre la consciencia del yo y la del «no yo», del Otro en nosotros. En ese momento somos el meditador, luego nos convertimos en la meditación, el objeto de meditación del ser celeste, del gemelo/compañero divino que nos mira a los ojos.

Nuestra meditación es un trabajo alquímico profundo que actúa en todo el ser. Es un poderoso proceso de conocimiento de sí mismo que provoca elevaciones sublimes pero que también puede sumirnos en los abismos pues la Luz del Alma-Espíritu desenmascara nuestras zonas de sombra. Los frutos de nuestra meditación son múltiples: a la iluminación interior se añaden verdaderas transformaciones fisiológicas generadas por esta interacción entre los tres estados de consciencia. Con el paso del tiempo se produce una conexión cada vez mayor entre las tres dimensiones del ser. Cuando un hombre, una mujer, emprende este trabajo de  restablecimiento de la entidad celeste «Espíritu, Alma y Cuerpo», los beneficios de la meditación espiritual superan ampliamente su esfera personal. Pues el Ser Humano triple del Origen, el Hombre-Microcosmos, está unido con el Gran Universo, el Macrocosmos. Es como recoger la pura nieve eterna de las cimas para aportarla al ser humano al pie de la montaña. Cuando el Ser solar vuelve a encontrar su lugar en el plan divino, el conjunto viviente, los reinos mineral, vegetal, animal y humano se benefician de su ofrenda de éteres de Luz.

Fuente: https://www.logon.media/es