Artículo Pentagrama 6-2012

EN CADA MUNDO SU PROPIO TIEMPO

Dios, la eternidad, el mundo, el tiempo y el devenir en Hermes Trismegisto.

En el segundo libro del Corpus Hermeticum,Poimandres revela a Hermes la relación entre Dios y el Universo.
Poimandres, el Espíritu divino que inspira a Hermes, le muestra el orden de las cinco manifestaciones en la manifestación universal, a saber: Dios, la eternidad, el mundo, el tiempo y el devenir.
“De Dios procede la eternidad, la eternidad crea el mundo, el mundo crea el tiempo y el tiempo crea el devenir. La esencia de Dios es el bien, lo bello, la bienaventuranza y la sabiduría; la esencia de la eternidad es la inmutabilidad; la esencia del mundo es el orden; la esencia del tiempo es el cambio; y la esencia del devenir es la vida. y la muerte.
El Espíritu y el alma son las fuerzas activas y manifestadoras de Dios; la durabilidad y la inmortalidad, tales son las acciones de la eternidad; el regreso a la perfección y la desnaturalización, tales son las acciones del mundo; el crecimiento y el decrecimiento, tales son
las acciones del tiempo; el atributo, tal es la acción del devenir.
Así la eternidad está en Dios, el mundo está en la eternidad, el tiempo está en el mundo y el devenir está en el tiempo.
Mientras que la eternidad reposa en torno a Dios, el mundo se mueve en la eternidad, el tiempo se cumple en el mundo y el devenir evoluciona en el tiempo”.(Versos 4 a 8)
“La eternidad hace del mundo un orden, penetrando la
materia con la durabilidad y la inmortalidad. El nacimiento de la materia depende de la eternidad, como la propia eternidad depende a su vez de Dios.
Está el devenir y el tiempo, tanto en el cielo como en la tierra, pero son de naturaleza diferente; en el cielo, son inmutables e imperecederos; en la tierra, son cambiantes y perecederos.
Dios es el alma de la eternidad, la eternidad es el alma del mundo, y el cielo es el alma de la tierra”. (Versos 13 a 15)

Podemos ver la eternidad como tiempo de duración eterna, pero también podemos decir que la naturaleza del tiempo es perpetua, lo que equivale a una noción de eternidad. En cuanto a nosotros, somos seres sempiternamente pasajeros a través de los ciclos de nacimiento y muerte. Un hombre de la naturaleza jamás es duradero en el devenir espaciotemporal. Hasta el intervalo entre nuestra muerte y la próxima encarnación se mide en unidades de tiempo conocidas.

Ahora, aprendemos en el Corpus Hermeticum que existe un tiempo de Dios y un tiempo de los seres humanos. Estos dos tiempos son diferentes de naturaleza, ordenamiento y temporalidad y, sin embargo, existen al mismo tiempo.
El devenir en el mundo del espacio y del tiempo se describe como un ciclo de nacimiento y de muerte que se reproduce sin cesar. En el mundo supra dimensional, la suerte de todo ser humano que consiste en deber empezar de nuevo siempre de cero, no existe. En este mundo, el devenir es como una espiral.
El ordenamiento «Dios, eternidad, mundo, tiempo y devenir» del que habla Poimandres es para nosotros una realidad existencial supra dimensional. Nuestro orden sólo es un reflejo muy caricaturesco de ello. El devenir cósmico en los dominios divinos tiene otro objetivo diferente al conocido por nosotros. Mientras que nosotros adquirimos conciencia por las experiencias, el Campo divino manifiesta el
amor, que también sostiene nuestra evolución.
«La esencia del devenir es la vida y la muerte», lo que nos empuja a través de muchos cambios.
A través de las vidas y de las muertes ocurrirá que un tiempo pasará algún día al otro, a una Vida Divina incesantemente cambiante. Un tiempo que aparece debe
también desaparecer porque no es el tiempo que aparece el que vincula el ser humano a Dios.
Por consiguiente, de ello resulta que debe existir un tiempo no creado. Tenemos una experiencia del tiempo que nos es propia y depende de nuestra conciencia. Estamos muy ocupados por las oleadas que hemos provocado en el mar de la vida, pero el Océano de la eternidad que nos lleva, no lo notamos.
Por ello, nos sentimos alejados de Dios; en cambio lo Divino no se aleja. No siendo ni del tiempo ni del espacio, lo Divino está siempre próximo y lejano, alrededor de nosotros, en nosotros, omnipresente. En cada momento podemos conectarnos a la eternidad. En cada momento existe el medio para debutar en el sendero que nos hace abandonar el tiempo y nos arranca del campo de las causas y de los efectos.
Tal como lo dice Lao Tse: «El macrocosmos dura eternamente y puede vivir eternamente, porque no vive para sí mismo»

Artículo extraído de la Revista Pentagrama  6 – 2012