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Del centro de la galaxia al centro del corazón

Del centro de la galaxia al centro del corazón

Joan Garcias

Nuestra naturaleza superior no destruye nuestra naturaleza inferior, sino que la abarca

El ámbito del calendario maya abarca disciplinas tan diversas como la cosmología, la filosofía, la sabiduría perenne, la espiritualidad, las mitologías sujetas a las edades que da una gran cosmovisión galáctica sin parangón en las tradiciones de la humanidad. En esencia, la tradición maya defiende, elucida y explica las enseñanzas de la sabiduría universal que residen en el corazón de todas las grandes tradiciones de la humanidad.

Simplemente la experiencia de ir recogiendo datos a través del tiempo de los descubrimientos arqueológicos, antropológicos, culturales, astrofísicos es como un camino iniciático cada vez más profundo que va uniéndonos sorprendentemente a la cosmovisión de un Creador, de Su Creación y de Sus Criaturas. Uno no puede dejar de ser nunca un estudiante de la cosmología maya.

Se alegra la razón y sonríe el corazón cuando descubre que las enseñanzas mayas no son las creencias arbitrarias de otro pueblo natural más, sino enseñanzas que conectan con las grandes verdades que todas las tradiciones espirituales sólidas y con un ejemplo humilde y poderoso de los logros científicos que consiguieron en el breve tiempo que estuvieron entre nosotros. (Período clásico: 250 d. C hasta 900 d.C).

La antigua civilización olmeca, que precedió a los mayas, creía que el centro del universo era la estrella Polar, alrededor de la cual parecen rodear todas las demás estrellas pero los mayas reconocieron un nuevo centro cósmico, en la doctrina de las Eras Mundiales preservada en el mito maya de la creación.

La Vía Láctea cruza sobre la eclíptica (la ruta zodiacal seguida por el Sol, la Luna y los planetas) en dos lugares: uno en Sagitario y otros en Géminis. Según el simbolismo maya, estos lugares de cruce ubican el centro de nuestra galaxia Vía Láctea, el centro galáctico.

Está claro que la identificación del centro de nuestro universo fue una aportación esencial de los mayas. El cruce de sagitario apunta al centro de la galaxia y la antigua cruz egipcia, el Ankh, describía la Llave de la Vida para los Iniciados en los Misterios de las Pirámides, y algo más tarde de la edad media, con la aportación del Árbol de la Vida de los Sephirots, en la gnosis judía, por medio de la Kaballah se llegó a la comprensión de que este Centro Galáctico desvela a Da’at, Isis, Madre del Universo Galáctico.

Siete Macaw, Quetzalcóatl, Uno Hunahpo y la astrofísica actual

Los mayas consideraron tres grandes principios, iguales en importancia y asociados con tres deidades: Siete Macaw (Osa mayor, el centro polar), Quetzalcóatl (las Pléyades, el cenit) y Uno Hunahpu (el Sol en el solsticio de diciembre, el centro galáctico).

El centro galáctico emerge como centro cósmico mayor, el centro que contiene las consideraciones más elevadas posibles y la perspectiva más global. Del mismo modo que el modelo heliocéntrico introducido por Copérnico en el siglo XVI supone una forma superior de representar el cosmos en comparación con el modelo geocéntrico anterior, los mayas alcanzaron una comprensión cosmológica que superaba otras perspectivas previas y menos completas.

¿Cómo se relaciona la deidad del solsticio solar de diciembre (Uno Hunahpu) con el centro galáctico? El alineamiento del año 2012 de nuestra era mostró el fenómeno conocido como la precesión de los equinoccios. Al tiempo que gira, la Tierra se “balancea” lentamente sobre su eje, cambiando nuestra orientación hacia los grandes campos estelares, incluyendo la Vía Láctea. El fenómeno también afecta a los solsticios, de modo que la posición del Sol en el solsticio de diciembre ha ido cambiando lentamente, pareciendo converger con el centro de la Vía Láctea a lo largo de muchos miles de años. De hecho, el Sol en el solsticio de diciembre se alinea con la cruz maya y el centro galáctico solamente una vez cada 26.000 años, la duración de todo el ciclo de precesión.

John Major Jeckins descubrió en 1994 que el sagrado Juego de la Pelota y el mito de la creación maya presentan el alineamiento galáctico. Y así descubrió que su primer calendario se originó en Izapa, enclave arqueológico de una rica fuente de esculturas, profecías y enseñanzas espirituales.

Jeckins nos propone pensar en el alineamiento como un eclipse, puesto que comparte con los eclipses el significado alquímico básico de la “trascendencia de los opuestos”.

En la metafísica maya, esta unión tiene un significado más profundo, un significado que va más allá de la unión de lo masculino y lo femenino, y otros pares opuestos. Involucra la relación no-dual entre el infinito y la finitud, entre la eternidad y el tiempo; la unión de lo superior con lo inferior.

La alineación representa la filiación, se está en unión entre el centro creador y la partícula creada. La partícula con su centro estelar comparte filiación con su origen. Ellos lo transmitían como que la naturaleza superior e inferior vuelven a reunirse en los eclipses, en el mito de Quetzalcóatl del Sol uniéndose con Venus.

Nuestra naturaleza superior no destruye nuestra naturaleza inferior, sino que la abarca, contiene y vivifica hasta devolverle la comprensión completa de su filiación, de su proyecto y de su meta.

No evolucionamos hasta estos estados, puesto que ellos residen en la raíz, en la esencia de nuestro ser; más bien, los desvelamos (recuérdese Isis sin velo), abandonando las limitaciones que impedían reconocer la realidad de su presencia inmanente.

Estos principios de la ciencia sagrada maya no se diferencian en nada a las enseñanzas herméticas de Egipto, los taoístas de la China, las gnósticas del cristianismo, las descritas en el Árbol de la Vida de los Sephiroth y las propuestas por los Rosacruces en las Bodas Alquímicas de Christian Rosacruz, o de la Teosofía.

Son ciencias espirituales que no cesan de hablar de la unión del centro del corazón con el centro del universo.

Fuente: https://www.logon.media/es

En armonía con el Universo

En armonía con el Universo

Un hilo de oro ensarta todas las religiones del mundo y entrelaza las vidas y doctrinas de cuantos profetas, videntes, filósofos, mesías y redentores en la historia fueron, y la de todos los hombres de perdurable autoridad. Todo lo que ellos hicieron o lograron estuvo sujeto a principios y leyes, y lo que uno hizo pueden hacerlo cuantos tengan las requeridas facultades para ello.
Este mismo hilo de oro debe enhebrar las vidas de cuantos en el atareado mundo de nuestros días ansíen trocar la impotencia por el poderío, la debilidad y el sufrimiento por la fortaleza y el gozo, la pena y el desasosiego por paz completa, la miseria y penuria por copiosa abundancia de bienes.

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Cada cual es el arquitecto y artífice de su propia vida, pero al mismo tiempo que erigimos interiormente el mundo de la conciencia, atraemos al mundo exterior y él nos atrae.
Los pensamientos son la fuerza edificante de que disponemos, porque fuerza es el pensamiento. Cada ser engendra y atrae a su semejante, y a medida que el pensamiento se espiritualiza, llegan a ser más sutiles y poderosos sus efectos. Esta espiritualización obedece a ciertas leyes y está bajo la potestad de todo hombre.
Todas las cosas existen en el Universo invisible antes de manifestarse en el visible, en lo ideal antes de aparecer en lo real, en lo espiritual antes de mostrarse en lo material.
El reino de lo invisible es el reino de las causas. El reino de lo visible es el reino de los efectos. La naturaleza del efecto está siempre determinada y condicionada por la naturaleza de la causa.
Un divino encadenamiento entrelaza el Universo entero y por todos los lugares la voluntad humana está vivificada por la voluntad divina, de manera que si con ella armonizamos la nuestra y obramos de acuerdo con las leyes y fuerzas superiores, seremos un eslabón del maravilloso encadenamiento del Universo. Tal es el secreto de todo éxito. Así se llegan a adquirir desconocidas riquezas e inimaginables facultades.

Prologo del libro “En armonía con el Universo” R. W. Trine