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La Montaña del Espíritu

Extracto del libro Transfiguración (Fundación Rosacruz 2011)

Pent-02-02-20Hemos llegado al campamento de inicio de la escalada, en las estribaciones de la montaña, donde un pequeño pero decidido grupo de personas se prepara para escalarla.

En ese primer campamento base se revisa el equipo, y se comprueba que las condiciones básicas para la escalada están presentes.
En esta tercera fase comienza el ascenso.
Ese ascenso le conducirá hasta aproximadamente la mitad de la altura de la Montaña. No es un ascenso muy difícil, pero es largo.
Los músculos comienzan a quejarse, los zapatos aprietan más de lo que suponíamos, a veces hace mucho frío y vemos que nuestra ropa no nos cubre suficiente; otras hace demasiado calor, pero no podemos contrarrestarlo.
Lo que sí es seguro es que en esta fase a nuestra mente acude constantemente el siguiente pensamiento-sentimiento:
“¿Por qué me he metido en este lío?
Con lo bien que estaba tranquilo en mi casa.
Además, yo no veo para nada la cima. ¿Qué habrá allí arriba?
¿Y si me han engañado? ¿Y si todo esto es un timo más?”
Por ello, esta fase de la escalada es la fase de la prueba.
Pues bien, una parte del grupo de escalada llega por fin al segundo campamento base, situado a media altura.
Y con ello comienza la cuarta fase.
La cuarta fase es la fase intermedia, es el escalón central de la escalera de siete peldaños.
Durante la tercera fase, se ha producido una intensa depuración en los procesos psíquicos relativos al miedo, la duda y la orientación de la vida.
Mecanismos que hasta entonces estaban plenamente bajo el dominio del yo personal, con todo el conjunto de miedos, debilidades e ignorancia que configuran nuestra egocentricidad han sido desplazados por un nuevo estado anímico, un estado de alma nuevo.
Si hemos llegado al segundo campamento base, y de esta forma al comienzo de la cuarta etapa, es porque hemos sabido poner límites a nuestra interminable actividad analítica, basada en una infinita serie de conjeturas, y también hemos desenmascarado una parte de nuestros miedos más bloqueantes de la acción.
También en nosotros se ha desarrollado una inclinación a ayudar a otros, en particular a aquellos que comparten con nosotros la escalada.
Todo esto ha permitido que las dos estructuras corporales en nosotros se hayan acercado mucho y compartan ya algunos circuitos, especialmente el sistema hormonal, que como saben tiene mucho que ver con nuestro estado de ánimo y nuestra vitalidad.
Pero nuestra consciencia sigue estando completamente limitada al ámbito de la personalidad natural.
En estas condiciones llegamos al segundo campamento.
Por primera vez sentimos los efectos de la altura.
La composición del aire que respiramos ha cambiado.
Una atmósfera diferente reina en este campamento.
Esta nueva atmósfera tiene un efecto de FRENADO sobre la habitual agitación interior del ser humano moderno.
Infunde en él la necesidad de tomar las cosas con calma, con serenidad.
En nosotros aparece un espíritu más reflexivo, inclinado a meditar las cosas, a sopesarlas con profundidad.
Las cosas exteriores ya no ejercen una atracción tan intensa, o al menos ya no nos llaman tanto la atención.
La teoría de la escalada quedó atrás. Ahora existe la experiencia práctica contrastada.
Ahora podemos saber que hasta ese punto todo lo que nos ha ocurrido ha sido tal y como nos fue explicado por los escaladores más expertos antes de iniciar la escalada.
Y ello nos inclina a tener más confianza en el proyecto.
Y entonces ocurre algo muy importante.
En uno de esos momentos de serena meditación, en la que uno se encuentra recostado contra una roca con la mirada perdida en lo alto, pero en realidad con la mirada orientada hacia el interior, las nubes se apartan y por unos breves instantes vemos la cima de la Montaña.
Es un momento fugaz, pues las nubes vuelven enseguida a abrazar la cima.
Y por ello nos restregamos los ojos pensando que hemos soñado.
Pero no, no es un sueño.
Allí estaba, en todo su esplendor la cima nevada, con una intensa blancura, reflejando irresistiblemente la Luz de otro Sol, un sol diferente al que conocemos.