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Un encuentro con el silencio

Un encuentro con el silencio

Horst Mattháus

Durante un corto periodo del verano de 1986, fue posible visitar El Tíbet en Nepal sin un programa fijo y guiado, y sin un detallado y supervisado horario. Aprovechamos aquella oportunidad para explorar el misterio del Tíbet.

Encontramos paisajes espectaculares, montañas impresionantes; al sur, los Himalayas cubiertos de nieve y al norte el interminable desierto de piedra. Vimos nómadas viviendo al estilo tradicional en sus yurtas, (viviendas de la región), yaks en manadas, que son animales bovinos de la región acompañados de perros muy dispuestos. Un pastor chino nos llevó por donde quisimos ir y a pesar de la barrera del idioma, nos las arreglamos para alcanzar a estar en todos los lugares de nuestro interés.

Nuestra primera parada forzada fue en la aldea de Nyalam: un puente había sido arrastrado y no pudimos cruzar el río. Nos quedamos esa noche allí, y los lugareños nos hablaron acerca de una cueva cercana, donde, de acuerdo a la sabiduría popular, Milarepa, un místico del siglo XI, había estado meditando durante muchos años.

Llegamos a la cueva luego de un corto trayecto desde la vía principal. Sin embargo, bastó con entrar para hacer un tránsito a un mundo diferente: la atmósfera serena, el silencio, la ausencia de monjes susurrando. Solo silencio y paz. Éramos los únicos visitantes y un monje reservado nos mostró el camino. Fuimos envueltos por la atmósfera serena y la armonía que había a nuestro alrededor. Absortos en aquel momento, ajenos al entorno, no hablamos, tratando de vivir aquellos momentos especiales. Aquello fue casi como si pudiéramos escuchar las famosas canciones de Milarepa resonando a través del tiempo. ¿Era esta la Voz del Silencio?

Continuamos nuestra travesía, cruzando montañas de más de 5.000 m de altura. Durante nuestro viaje, visitamos numerosos monasterios en Shigatse, Gyangtse, Lhasa y el templo principal en Lhasa, el templo de Jokhang. A lo largo de aquel recorrido, sentimos la poderosa atmósfera de la cueva de Milarepa que permanecía en nuestras mentes todo el tiempo. El susurro de los monjes, el sonido de los tambores, flautas y trompetas eran más bien ruidos exteriores que no alcanzaban a perturbarnos en nuestro interior. Se hizo una diferencia clara entre presente y pasado. Sentíamos el contraste entre dicha cultura y la nuestra que, no obstante tener cosas similares, eran bastante distintas.

En Lhasa escuchamos hablar del “Valle de los Reyes” situado al sur de la ciudad y considerado también como un lugar especial. A pesar de nunca haber estado en aquella zona y que los turistas no se preocupan por ir allí, pudimos convencer a nuestro guía de llevarnos hasta dicho lugar. Al llegar al Valle de los Reyes contemplamos una serie de montículos simples, que según nuestro libro guía de viaje, eran los cementerios de los reyes. Dichos reyes habían regido al Tíbet antes de que se instaurara la dinastía del Dalai Lama. Según la historia, tres reyes fueron los que llevaron la enseñanza del culto budista a esa región desde la India. Ellos introdujeron y mantuvieron la difusión del budismo en el Tíbet y fueron reverenciados como dioses-reyes.

En la cima de otro montículo, detrás del estacionamiento, descubrimos una pequeña construcción, una Gompa sencilla o monasterio, la cual mostraba un claro contraste con el esplendor y riqueza de los monasterios de los Lamas y gompas que habíamos visto hasta entonces. Nos acercamos a la colina y entramos en la Gompa. Durante el ascenso sentimos aquella calma y serena vibración similares a las que habíamos experimentado en la cueva de Milarepa.

En la Gompa había una estatua sencilla del gran rey Somtsang Gampo con sus dos esposas, una de Nepal y la otra del Tíbet. Se cree que Somtsang Gampo fue el primer rey en llevar el budismo al Tíbet. Por medio de sus esposas, él construyó y mantuvo relaciones con China y Nepal, las cuales no solo prodigaron paz y estabilidad sino también un rico intercambio en las artes y ciencias.

En la medida en que contemplábamos la simplicidad de la estatua y conocíamos su historia, otros visitantes entraron a la Gompa. Se trataba de tibetanos que vivían en Nueva Delhi. Ellos se inclinaron delante de la estatua con gran devoción y también fueron envueltos por la atmósfera especial del lugar y sus alrededores.

Después de algún tiempo todos salimos de nuevo. Entonces nos preguntaron en voz baja qué clase de lugar era aquel, quiénes eran las personas representadas en la estatua, cuál podría ser el origen de aquella intensa vibración y del sereno silencio. Con la ayuda de mi libro guía, traté de resolver los aspectos concretos de aquellas preguntas, pero mucho permanecía sin tener respuesta. Acaso no habíamos sentido aquella atmósfera especial, el silencio, aquella vibración cercana a lo no terrenal en algún otro monasterio, así pues, ¿qué era aquello?

Al tiempo que escribo estas líneas al cabo de 30 años, la búsqueda de tal respuesta y el recuerdo de aquel lugar tan especial aún permanecen en mí.

Fuente: https://www.logon.media/es

EL SILENCIO, MATRIZ DEL ENTENDIMIENTO

El Entendimiento, la Inteligencia, es la percepción de la Conciencia del Alma, el ejercicio del sentido intuitivo, la apertura del oído interior; solamente él puede revelar el sentido vital de toda cosa.

El Silencio es tan necesario al Entendimiento como la matriz al embrión. Su sede está en el espacio cercano al corazón y es el verdadero corazón solar de nuestro cuerpo. Allí es donde hay que escuchar y gestar lo que el Silencio manifieste.

Hay que “escuchar” el Silencio, aunque nada hable  o responda, aunque todo parezca inerte y estúpido.

El Silencio es siempre fecundo, pero su fruto se revela a menudo más allá  del propio Silencio, en los momentos más inesperados.

El Silencio es el pozo en el que “cae” el Universo, el vacío que atrae al Espíritu. Pero la conciencia despertada en esos instantes puede permanecer oscura algún tiempo; el Conocimiento que resulta de ello espera, en el fondo del corazón, su hora para ascender a la superficie; durante esta espera las preocupaciones fútiles corren el riesgo de ahogarlo.

Es necesario aprender a incubar este tesoro, sería excesivo exigir la comprensión inmediata de lo que se concibe durante el corto momento arrancado a los quehaceres diarios.

El sordo presentimiento de alguna verdad será su primer resultado. Reconócela y acógela, pues la duda y la ingratitud frenan todo progreso. Espera pacientemente a que las tenues claridades lleguen a hacerse evidencias; no busques retener mediante  conclusiones mentales prematuras lo que se te presenta, pues dificultarán el desarrollo de la intuición.

Todo conocimiento concebido por el Corazón afluye a la superficie como la crema en la leche, sin ningún esfuerzo de pensamiento: este es el verdadero conocimiento intuitivo.

Posteriormente la inteligencia cerebral puede apropiárselo y enriquecerlo con nociones ya conocidas; éste es el trabajo de traducción de las concepciones intuitivas.

Pero esta traducción exige el hábito de ejercitar el oído interior para escuchar con neutralidad y una dócil impersonalidad las correcciones aportadas por el Conocimiento del Corazón.

Los obstáculos a los progresos del conocimiento intuitivo son:

  • la prisa por los resultados.
  • la imaginación cerebral o emotiva.
  • la intrusión de los pensamientos en la concentración meditativa.
  • la ingratitud o la duda en cuanto a las percepciones intuitivas que no pueden ser todavía comprendidas cerebralmente.
  • la autosatisfacción y la resistencia a constatar los propios errores.

Hay que impregnarse de esta Verdad:

“Todo está en el hombre”, no hay nada en la naturaleza que no esté representado en él; pero además de esta naturaleza contiene dentro de sí, por su condición humana, una semilla de Luz divina que le es dada para hacerla fructificar.

El genio no es más que un desgarro momentáneo en el velo que oculta esta Luz. Este velo es tejido por nuestras rutinas y nuestros prejuicios, nuestras ambiciones, nuestra voluntad personal, nuestras repugnancias, nuestros gustos particulares, la vanidad de nuestra ciencia racional.

La voz de esta Luz es la  Consciencia del Universo. No hay ninguna cuestión que ella no pueda resolver para el hombre que ha roto la cáscara de su Yo.

La percepción de esa voz es proporcional a la sencillez y transparencia de aquél que la escucha.

                        Traducido del libro “L’ouverture du chemin” de Isha Schwaller de Lubicz